Limpieza de policromías, dorados y barnices.
Recuperar la lectura del retablo sin borrar su historia
Tras la fijación de las zonas con policromía desprendida y la limpieza superficial inicial, se abordó una de las fases más delicadas de la intervención: la limpieza de las superficies policromadas, los dorados y los barnices alterados.
A primera vista, el retablo presentaba una acusada acumulación de suciedad superficial. Sin embargo, el problema no se limitaba al polvo depositado con el paso del tiempo. En numerosas zonas se habían formado depósitos más adheridos, relacionados con el humo acumulado durante años en el interior del templo. Estas partículas se encontraban incrustadas en la superficie y oscurecían de forma notable los colores, los dorados y los detalles decorativos.



A esta alteración se sumaba el envejecimiento de los barnices. Con el tiempo, estos recubrimientos pueden oxidarse, amarillear y perder transparencia, modificando la percepción de las policromías originales. Los tonos se vuelven más apagados, los contrastes disminuyen y la lectura general del retablo queda condicionada por una capa oscura y alterada que no corresponde necesariamente al aspecto con el que fue concebida la obra.

La limpieza de un retablo histórico no consiste, por tanto, en utilizar un único producto para toda su superficie. Cada tipo de suciedad y cada material requieren un estudio y una metodología específica. No responde igual una superficie dorada que una policromía mate; tampoco una zona con barniz oxidado que otra con depósitos de humo adheridos, repintes o restos de intervenciones anteriores.
Por este motivo, antes de extender cualquier tratamiento se realizaron pruebas de limpieza en áreas seleccionadas. Estas catas permitieron valorar la respuesta de cada superficie, identificar los estratos presentes y determinar el método más seguro y eficaz para cada caso. A partir de estos ensayos, el restaurador preparó fórmulas específicas, ajustadas a la naturaleza de los depósitos y a la sensibilidad de los materiales originales.


La aplicación se llevó a cabo de manera gradual y controlada, trabajando por zonas y comprobando continuamente la evolución de las superficies. El objetivo no era alcanzar una limpieza uniforme o excesiva, sino retirar los depósitos y barnices alterados en la medida en que fuera posible y seguro, respetando la policromía, los dorados y las huellas históricas significativas de la obra.
Este proceso permitió recuperar progresivamente la luminosidad de los dorados, la intensidad de determinados colores y la definición de los elementos ornamentales y arquitectónicos pintados. Guirnaldas, motivos vegetales, nervios de la semicúpula, rayos dorados y detalles de las imágenes comenzaron a mostrar una lectura más clara, sin eliminar la pátina histórica propia de un retablo que ha permanecido durante siglos en uso dentro del templo.
La limpieza es una fase decisiva porque transforma nuestra manera de ver la obra, pero también porque aporta información. Al retirar de forma controlada los depósitos superficiales y los barnices oxidados, se hacen visibles detalles de técnica, policromías, decoraciones, retoques, pérdidas y transformaciones anteriores que permanecían ocultos bajo el oscurecimiento general.

En conservación-restauración, limpiar no significa dejar una obra “como nueva”. Significa recuperar, con el máximo respeto hacia la materia original, una lectura más próxima a sus valores artísticos, históricos y devocionales.
